Descripcion del viaje
Hacer una de las excursiones que nos ofrecía The Best of Switzerland Tours, Lucerna-Stanserhorn, una de las menos solicitadas; a mí me apetecía subir a alguna montañita de por allí, a ella le sientan mal los paseos en barco, el Titlis parecía muy alto (3020 m, haría mucho frío, ¡ja!) y ésta prometía la visión de marmotas en su entorno. En el mismo bus nos llevaron a los de las 4 opciones Lucerna+monte hasta Lucerna por un puerto de montaña poco transitado, el paso del Albis; habrá autopista con más tráfico, túneles y peores vistas. Quince minutos para ver el famoso león esculpido en la piedra, hacerle tres fotos y mear, son suficientes; una hora, en cambio, para ver el centro de la ciudad, se nos queda corta. Entramos a la Iglesia Jesuita (en España, se llamaría de otra forma), con ese barroco centroeuropeo de torres bulbosas, fachadas sencillas e interiores esplendorosos; por comparar, entramos también a la Iglesia Franciscana, de un gótico sencillo y..., pues eso: franciscano; nos adentramos en el puente de la Capilla y contemplamos desde él un encanto de ciudad que no pudimos visitar con tranquilidad; otra vez será. Al lado del león hay un parque glaciar, también es digno de mención/visita lo que queda de sus murallas, que vimos de pasada desde el autobús.
De nuevo en el autobús, seguimos bordeando el lago hasta Stans (previamente han bajado los que subirían al Pilatus), donde nos dejan en la estación con el billete de subida y bajada en la mano. Cogemos un viejo funicular de finales del XIX y luego un teleférico de finales del XX hasta los casi 1900 m que tiene la montañita. Arriba no hace calor, pero tampoco el fresquito que buscábamos; tienen un restaurante giratorio, terraza solarium con vistas a 10 lagos y no sé cuántas montañas, vuelvo a ver nieve en verano, aunque bastante lejos. Seguimos subiendo hasta la cumbre, a pie, pasamos por el parquecillo de las marmotas, que deben estar durmiendo fresquitas dentro de las madrigueras, tienen fotos en las taquillas. Se me acaba la batería de la cámara, me cabreo un pelín y decidimos bajar a ver el pueblo. Bajando veo restos de otros funiculares, parece ser que en 1893 tres tramos de funicular llevaban hasta un hotel que había en la cima; los dos últimos tramos, así como el hotel, fueron destruidos por una tormenta en 1970. Stans parece un pueblo, aunque resulta ser la capital del semicantón Nidwalden. Sobre las 3 de la tarde parece muerto y el sol que cae no invita a mucho paseo, sólo vemos una iglesia con torre que parece románica, aunque dicen que es posterior y una fuente-monumento a su héroe local. En internet que también destacan la casa del héroe y dos monasterios. Comemos algo y descansamos hasta que nos recogen. La vuelta es por el otro lado del lago; no sé por cuántos cantones hemos pasado en un día de excursión (lo dijo la guía y eran bastantes).
No recuerdo haber visto ninguna obra ese día, pero seguro que las había.
Acercarnos a Basilea cogiendo un tren. Quizá elegimos mal día (era domingo), malas horas (las centrales del día) y un mal plano de la ciudad (el que nos dieron en la oficina de turismo). El caso es que salimos de la estación del tren, en obras, con el planito en la mano y lo primero que buscamos fue sombra. Una vez allí yo intentaba orientarme con un plano en el que sólo había el nombre de 4 calles y ni siquiera aparecía la estación de trenes, sólo una flechita indicando en qué zona fuera del plano está. Caminábamos por calles cada vez menos transitadas, no se veía un alma; siempre buscando la sombra, siempre intentando situarme en el plano. El caso es que tienen 4 rutas turísticas marcadas en el plano y con plaquitas por las calles para ayudarte a seguirlas; el problema es que todas empiezan en la Plaza del Mercado y no había manera de saber cómo llegar hasta ella. Al final me guié por las torres de las iglesias que veía a lo lejos, yendo hacia ellas; y, cuando logramos llegar a una plaza desde la cual creía saber llegar a la del mercado, nos encontramos con unas obras que nos impiden avanzar en esa dirección. Tras rodearlas, llegamos, al fin. El ecléctico edificio del ayuntamiento es precioso, pese al rojo chillón, pero le daba el sol, era hora de comer y casi no habíamos encontrado ningún sitio donde hacerlo: pasamos de largo, buscando ahora el río (Rhin), que cruzamos. Impresiona verlo tan ancho y caudaloso tan cerca de su nacimiento, iba rápido, eso ya parece normal, y lleno de gente, tanto en la orilla como dentro del agua, más que nadando, dejándose llevar por la corriente, sería imposible nadar en su contra, suponemos que se meten en un lugar y salen un poco más abajo (llevaban los efectos personales dentro de unas bolsas de plástico naranja, que hacían también de flotador). Tras reponer fuerzas seguimos la visita río arriba hasta el siguiente puente (no hay muchos, en su defecto unas barquitas para cruzar a la gente) y volvemos a bajar por la otra orilla hasta la catedral, donde nos encontramos con tres grupos de turistas (¿pero hay turismo en esta ciudad que parece fantasma?) y un andamio que tapa media fachada. De la catedral destacaría que es una de las pocas donde te dejan pisar el altar, el color rosáceo de la piedra, el pequeño claustro, el exterior del ábside y las vistas sobre el Rhin desde ellos; también dicen que allí yace Erasmo de Roterdam, aunque no encontramos su tumba. La plaza, que anuncian como "una de las plazas más bellas de Europa", estaba llena de cajas, ni siquiera me parece la más bella de Basilea (me gustó mucho más la Barfürsserplatz, también en obras). Volvemos a la plaza del Mercado para contemplar mejor el ayuntamiento, hasta donde se puede entrar un domingo después de comer. Luego nos dirigimos al Spalentor, parece una puerta de acceso a una ciudad enmurallada (el plano dice baluarte del siglo catorce), y decidimos volver a la estación, lo cual también nos cuesta, pese al plano. No hicimos ninguna ruta entera, pero creo que vimos lo más remarcable. Por el camino descrito nos encontramos con otras 3 o 4 iglesias, sólo nos asomamos a una de ellas, era un museo y había que pagar entrada, así que otra vez para afuera.
Patear Zurich el resto del tiempo. Zurich parece pequeña, está llena de tranvías, pero no los necesitamos, así terminaron mis pies. La cruzan dos ríos y un lago, el Limmat sale del lago, el Shil desemboca en el anterior, y un canalillo, resto de desaparecidas murallas, conecta el segundo con el lago; sólo en el Shil no encontramos gente nadando, claro que nos pillaba un poco lejos y casi no lo paseamos. Donde se juntan ambos ríos hay sendos puentes, que estaban en obras, lo cual nos impidió ver cómo lo hacen. Allí al lado está el Museo Nacional, en un bonito edificio que parece un castillo medieval, aunque sea del siglo pasado, siempre pasamos por delante con prisas, pues estaba demasiado cerca del hotel y, o acabábamos de salir para ir a otro sitio o queríamos llegar. Un poco más arriba (Limmat arriba, hacia el lago), la estación del tren, de donde sale la Banhofstrasse, un kilómetro de calle de tiendas y bancos que te atrae como un imán (paseando, sin querer, acabas en ella) y te lleva hacia el lago, me gustó en ella el edificio del Banco Leu. Entre ella y el Shil, un pequeño y solitario jardín botánico, del que salimos pitando al encontrarnos con unos yonquis jeringa en mano, y, ya a la altura del lago, la Enge-Kirche, sobre una colina, sólo la vimos desde bajo de la escalinata, pero debe tener buenas vistas. El otro lado del Shil casi ni lo pisamos. Entre la Banhofstrasse y el Limmat, dos colinas cercanas acogen, respectivamente, el Lindenhof, primer asentamiento romano, ahora es una plaza con vistas al río, y la iglesia de San Pedro, famosa por su reloj enorme, nos costó llegar hasta su puerta, la torre parece vieja, la nave parece barroca (ventanas elípticas, llegamos tarde y no pudimos entrar). Más arriba, la Fraumunster, pequeña iglesia gótica famosa por las vidrieras de Marc Chagall, estaba en obras, así que sólo pudimos ver su exterior no andamiado y el pequeño claustro con frescos, abierto a la calle detrás de una verja. Frente a ella un museo de cerámica, creo, me gustaron sus balcones de forja.
En la otra orilla del Limmat, la Wasserkirche, iglesia del Agua, a ésta no entramos porque no le encontramos la puerta; la Grossmunster, con sus torres gemelas, símbolo de la ciudad, de su interior destacaría el órgano y la cripta, tiene también un claustro que no vimos. Siguiendo la orilla del río, las obras desde el ayuntamiento hasta casi la puerta del hotel te quitaban las ganas de pasear por ella. Paralelas al río, varias callejuelas llenas de bares y restaurantes con las mesas en la misma calle, algo que sólo recuerdo haber visto en Lisboa. No subimos hasta la Universidad ni al Kuntshaus, museo de arte, pero sí a ver una iglesia que ni siquiera venía en el mapa, la Liebfrauen Kirche, me atrajo su campanario (neo) románico, una vez allí me gustó su interior neo-bizantino, aunque no pudimos estar mucho rato, pues daba toda la impresión de iban a decir misa.
Las orillas del lago estaban llenas de parques, gente nadando y en la hierba, a modo de playas verdes. Nunca había nadado en un lago, ni tan cerca de los barcos parados, era como nadar en un puerto; el agua no estaba fría, pero los guijarros te destrozaban los pies, al menos donde nos metimos, más adelante vimos que el otro lado parecía más agradable. A un lado del río un reloj floral, más bien vegetal, que flores tenía pocas; al otro, el edificio de la Ópera, una noria y un jardín chino.
Otras posibilidades que descartamos, visitar Berna, patrimonio de la Humanidad, y las cataratas del Rhin, dicen que las mayores de Europa; sólo teníamos 3 días enteros.
Se me olvidaba, también había obras en el hotel, justo al lado de nuestra habitación estaban haciendo reformas.
Zurich - Suiza